viernes, 21 de octubre de 2016

La libreta de Indiana Jones


En la era de la tecnología yo aún sigo usando papel y lápiz.


Cuando llegué por primera vez a aquella calle de árboles de 30 metros de alto y me senté en unas bancas de metal a esperar a que llegara alguien para abrirme la puerta de mi nueva casa, fue cuando realmente comencé a sudar helado por pensar ¿Cómo diablos me voy a mover aquí?. Oficialmente estaba en medio de la nada.

Al día siguiente, aún con los efectos encima de un jetlag que duraría más de una semana, me levanté acompañado del chirriante sonido de la cama que escucharía cada vez que me ponía en pie a las 6 a.m. Lo primero que miraba a través de las ventanas eran precisamente las puntas de esos árboles que llegaban hasta el tercer piso, que en realidad es el cuarto, bueno no lo sé, este sistema de contar los niveles de los pisos me sigue confundiendo; lo demás es historia, el ritual mañanero de hacerme el desayuno, ducharme en una baño con tina, mirar un bidet que jamás me atreví a usar y vestirme pensando que mi ropa era la armadura que me ponía para ir a la jungla citadina de cemento, semáforos y señales de tránsito. 

Caminando por las aceras de baldosas de cuadritos pequeños, casi con un sentimiento de estar caminando de puntillas, miraba hacia todos lados y el terror comenzaba a invadirme al encontrarme parado sin saber hacia que dirección agarrar, al mirar todos los autobuses iguales con números y nombres de lugares que en mi vida había visto, calles con sistema de cuadrícula y edificios y más edificios que parecían que caían sobre mí; el típico efecto que sucede cuando tienes episodios de ansiedad. Todo comenzaba a cobrar vida propia.

En esos días empecé a darle gracias a Dios por vivir en la era de las redes sociales y las Apps, en especial Google Maps. Debo confesar que hasta esa fecha no había realmente utilizado esta herramienta, todo un mundo de información se abrió ante mis ojos y desde entonces Google Maps siempre está en favoritos del navegador de mi computadora y en mi teléfono con una aplicación muy buena que no utiliza datos de internet "Google Maps Offline".

Fue ahí cuando la famosa "Libreta de Indiana Jones" vio la luz por primera vez (suena "Also Sprach Zarathustra" de Odisea en el Espacio 2001) y que en realidad tiene hasta este momento dos tomos, porque como dicen -una no es ninguna-; y es que cada una de las páginas de estas libertas guarda recuerdos interminables de tantos lugares en los que me he perdido hasta ahora. Cada día religiosamente planificaba donde tenía que ir y con la ayuda de Google Maps miraba las posibles rutas, autobuses o líneas de metro que tenía que tomar para llegar a donde tenía que llegar; así fui coleccionando en cada una de sus páginas las descripciones de las paradas en las que tenía que esperar tal autobús, que edificios o comercios habían en el camino, por donde tenía que andar, posibles alternativas de idas y regresos, los horarios de cuando pasaba el transporte público e incluso hasta anotaba allí mi lista del supermercado, ¿Quién ocupa hoy en día una libreta de puño y letra para anotar la lista del súper, cuando tienes la App de "notas" en tu smartphone?, pues yo, me declaro un old school empedernido.

"Mi libreta de Indiana Jones", se convirtió en una especie de diario de viajero que ahora guardo y voy coleccionando con especial cariño. Muchas veces me salvó la vida cuando andaba más perdido que Moisés por el desierto y sabía perfectamente que solo tenía que meter mi mano en mi mochila, sacar mi libreta y comenzar a leer todas las anotaciones que contenían esas páginas como si fueran los mapas de un tesoro escondido.

Los secretos de la ciudad están en mis manos y mi Libreta de Indiana Jones está ya patentada :)



jueves, 20 de octubre de 2016

Tostadas de almendra y miel



Lo bueno de ser un single en la cocina y creerte Jamie Oliver región 4, es que puedes inventarte cualquier receta y muchas veces esos experimentos salen de verdad muy ricos. Es importante solo abrir tu alacena, ver que hay dentro y dejar volar tu imaginación.

Estas tostadas de miel y almendras son un buen snack para que varíes de las aburridas papas fritas, nachos o frituras, y además son muy saludables. Te dejo la receta aquí abajo, son muy fáciles de hacer y solo toma cinco minutos hacerlas y un par de platos que lavar.

Necesitamos pan árabe de masa delgada, sino encuentras de estas, se pueden usar de los panes árabes gruesos y partirlos por la mitad para que te salgan dos círculos delgados, yo uso integrales de Bimbo que soy muy baratos y sacan de aguas ya sea para sandwiches, pitas, bla, bla, bla, para cuando tengas hambre. También usamos miel de abejas que rociamos sobre el pan, almendras en láminas que colocamos encima, canela en polvo esparcida por toda la superficie; metemos al horno por unos cuatro o cinco minutos a una temperatura media, cortamos en triángulos y estamos hechos para comernos nuestras tostadas; que no es por nada pero quedan como si las hubiéramos comprado en la sección delicatessen del Corte Inglés.

Día de playa en La Malvarrosa. Mi primer Mediterráneo



¿Por qué no te gusta el mar?... ¡Eres tan extraño!. Es lo que escucho siempre que estoy en medio de una plática donde se menciona sol, arena, olas y cócteles de camarones (de los cuales odio también y más si son en salsa rosa). 

Nací en un país muy pequeño donde la Océano Pacífico está a 30 minutos de la ciudad de donde vivo, y cualquiera pensaría que me la vivo cada fin de semana en el mar, pero ¡Sorpresa, pues no!, la verdad es que mi color de piel pálido en plan Edward del Crepúsculo delatan mi antipatía por ese gran océano azul ultramar repleto de mariscos listos para ser comidos en un domingo de eterno verano.

Hoy un jueves, histórico por cierto, conocí el Mar Mediterráneo, sí, sí lo sé, seguro era el único tipo vestido de color negro y gris en aquellas playas de la ciudad de la paella; en mi defensa puedo decir que me enrollé los pantalones y me puse la única camisa polo que tenía, ooops era negra, mea culpa, mi guardarropa es bastante monócromo. Tuvo que pasar algo así como un mes y medio para que pudiera ir a conocer el mar, un mar que me queda casi, casi caminando con un poco de esfuerzo a tres pasos, a un viaje de autobús o un tranvía. Ese día me acompañó una buena amiga compatriota que vino a visitarme desde Madrid, y yo muy metido en mi papel de anfitrión Valenciano pues tenía sí o sí que presentarle las playas de la ciudad. 

Un día antes había visto las posibles rutas de como llegar a la playa y como todo un compulsivo empedernido las anoté en mi "libreta de Indiana Jones". Nos encontramos en la Plaza de la Reina, sitio obligado de encuentro de esta ciudad, sin contar que a mí me queda a una subida en la ruta 71 de la Llum y a un desayuno de 2 euros en Dunkin´ Donuts, así que mejor no puede ser. De ahí salimos ese día ha visitar no recuerdo que y ya en la tarde pasamos por unas cosas al "piso", cambié mi mochila, metí una toalla, busqué mis sandalias, cogí de la cocina una botella de té helado y un melocotón, y desesperadamente intenté inventarme un look lo más playero posible, poniéndome unos zapatos sin calcetines, enrollando mis pantalones y metiéndome encima una polo de manga corta. Estaba listo para ir a la playa en plan modelito de Benetton otoñal en pleno verano.

Despidiéndome de mi roomie el ruso que me lanzó un par de pulgares arriba de "like" al verme con mi invitada de Madrid; ella y yo nos fuimos caminando hasta la parada universitaria de la UPV del tranvía y ahí intenté usar la maldita máquina del pase de abordaje para aquel monorriel, máquina que era también la primera vez que me subía, luego de intentar pasar por el dispositivo mi BonoTransbordo sin éxito alguno, nos tocó comprar unos boletos sencillos; 15 minutos y cuatro paradas después estábamos frente aquella postal que perfectamente podía estar en cualquier estante de un kiosco de souvenirs. Hágase el agua y el Mar Mediterráneo estaba frente a mí.

Mi primera impresión fue la de sorprenderme por ver ese color azul vibrante, azul profundo, pero azul verdaderamente azul, la arena gruesa y que era mucho más clara de la única que había conocido antes, esa arena que se humedecía en la orilla con la pasividad del oleaje, es que el mar parecía más un lago que un mar; y justo en ese momento a las 6 y algo más de la tarde, fue el día en que sin duda comencé a dejarme seducir por el mar, la arena y el sol.

Tiempo después, cuando terminada de darle la última mordida a un melocotón, ví a una señora pasada en años y en libras quitándose la parte de arriba del traje de baño. Fui espectador de mi primer topless europeo.




domingo, 16 de octubre de 2016

La Hora del Café



Para mí cuando se trata de hacer un rico café, hay que hacerlo con el mejor ingrediente: La sencillez.

Odio esa gente que siempre anda en la mano modelando su vaso de Starbucks o el típico pretencioso que nunca falta que sube su foto en Facebook presumiendo el logo gigantesco de una sirena verde y que pone como pie de foto: "Aquí con el cafecito de la tarde". Fuck que onda, por qué vivimos en un mundo tan pretencioso donde tomar un café se convierte en una vara para medir tu estatus social. Me gustaría saber sí tú que haces eso estás consciente que ese post te ha costado algo así como cinco dólares para un par de likes.

Yo de cafés no sé, lo acepto; y soy de los que disfrutan este líquido reanimante con un buen pedazo de pan dulce y si se puede con una platica de arregla mundos. Cuando estoy en mi casa no suelo tomar cafés caros ni de gran altura para subirlos a mis fotos del Insta, debo ser sincero soy low cost cuando se trata de comprar café y me voy a la segura y termino comprando siempre el típico Nescafé mainstream que todo mundo toma y que por cierto está muy bueno, eso sí lo enchulo con ingredientes tan simples que te harán tomarte una o quizá dos tazas más.

¿Qué necesitas?, es simple: café instantáneo (Nescafé es el que yo utilizo, pero puede ser el que tú quieras, tengas o el que te alcance), un tercio de leche (yo uso deslactosada), un chorrito de estracto de vainilla, una cucharada pequeña de miel (si quieres usa azúcar, pero la miel le da un gustillo especial), canela en polvo cuanto quieras, tu taza favorita y un microondas. Solo junta todo, mete tu brebaje en el microondas, aprieta los botones de encendido y deja que la magia se haga durante 50 a 60 segundos y listo!

Menos es más y en el café también aplica, al menos para los solteros con presupuesto estilo "singles tengo que llegar a fin de mes".



sábado, 1 de octubre de 2016

Valencia, la Ciudad de las Artes y de la Ciencias.

Del amor al odio solo hay un paso y del odio al amor solo hacen falta unos días en casa.



Fuiste como una chica guapísima que jamás me hizo caso y al final me rompiste el corazón.

Nunca olvidaré de tu recibimiento seductor con aquellos edificios majestuosos y señoriales del centro de la ciudad, donde parado en la Plaza del Ayuntamiento miraba a través de las gotas de agua de una fuente aquella arquitectura modernista y me sentía parte de la imagen de una postal de la ciudad que tenía escrita Valencia con Times New Roman. Aún siento la brisa de calor cuando caminaba por las calles arborizadas de Blasco Ibáñez por donde me gasté un par de zapatos, la gente andaba  caminando y las bicicletas me pitaban por andar en su carril preferencial. Recordaré siempre el día que conocí por primera vez el Mediterráneo en aquella explanada llena de palmeras de la Malvarosa, también el sentimiento de verme como el hombre más loser del mundo cuando por primera vez me subí al metro y al autobús, vaya que emoción sentí ese día parecía un niño que se montaba a una rueda de feria; que decir de las idas al Mercadona donde siempre se me olvidaba de pesar las frutas y tenía que salir corriendo a la maquinita para ponerles el sticker del precio. No voy a olvidar esa emoción que sentí el día en que compré una docena de postales para enviarles a mis amigos y mi familia, las mañanas que comenzaba anotando en mi libreta de Indiana Jones la visita a la capilla donde iba casi todos los días a dar gracias a Dios; las vitrinas de Hugo Boss que pasaba viendo siempre que caminaba por Poeta Querol y tampoco podré olvidarme verme en el reflejo de aquellas vitrinas de la Calle Colón como iba siempre vestido con colores oscuros en pleno verano, seguramente era la única persona en toda la ciudad vestido de negro y con 35 grados centígrados encima; mucho menos borraré de la memoria todos los museos increíbles a los que fui, los que me los repasé todos, todos, todos, bueno debo confesar que me hicieron falta algunos. Cómo dejar de lado las veces que me perdí en la ciudad en esa rutina diaria de salir a las 9 a.m. a caminar sin mucho rumbo para conocer más la ciudad e ir cada vez más lejos de donde me sentía seguro; era emocionante y liberador sentir esa sensación de libertad absoluta y más aún era apabullante caminar por tus calles a las 12 de la noche con la tonta actitud de apuro y temor que me iba a pasar algo, cuando jamás me iba a pasar nada, que tonto yo. Recordaré siempre tu montón de callecitas estrechas de balcones y macetas con flores de colores por dónde caminaba y siempre salía a dar a la Plaza de la Virgen o a la Plaza de la Reina; como voy a dejar de pensar en aquel sentimiento de confianza total que sentía cuando me subía a la ruta 71 o 81 y me sentaba tan cómodamente para refrescarme con el aire acondicionado para luego subirme  a la línea 5 del metro la del cuadrito rojo, donde al final del trayecto me bajaba en la estación de Facultats y caminaba como si fuera un veterano de la ciudad, con todo el estilo del mundo y pasaba mi tarjeta por las puertas de control de la estación -¡jajajaja!, me da risa imaginarme toda esa escena, efectos secundarios del mismísimo viajero amateur. Maravillado quedé cuando fui a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias y al ver aquellas edificaciones sacadas de una película del espacio, quedé atónito mientras en mi cabeza solo sonaba la música de Odisea en el Espacio 2001, un momento que fue épico donde me cegué por aquellas estructuras blancas, futuristas, incomprensibles y minimalistas. Que decir del Oceonográfic donde me sentí como un niño bajo todos aquellos peces y tiburones; las veces que me repasé todo el Turia donde respiraba y veía todo verde, mí oasis y restaurante donde comía mi sándwich de jamón, queso y ensalada con mi ya rutinario durazno y botella con agua.

En esta ciudad donde me perdí, lloré como nunca antes solo en una habitación y en un parque, donde me quedé boquiabierto, me maravillé, me sentí el hombre más triste y solo del mundo y el más afortunado también, donde vi a viejos amigos que tenía años de no verlos e hice uno nuevo de un país lejano del hielo y el vodka, donde probé una insipiente paella, una horchata fría de chufa y varios fartons; fue este lugar donde me sentí más adulto, libre y seguro de mí mismo: Sin lugar a dudas en esta ciudad a orillas del Mediterráneo fue donde conocí por primera vez las entrañas de mi ser.

Valencia siempre me acordaré de ti cada vez que te vea en el magnético de mi refrigerador.

¿Habrá terminado aquí esta historia o habrá Valencia 2.0?





lunes, 26 de septiembre de 2016

El hijo pródigo



Cuatro treinta de la madrugada, la soledad embarga todo mi ser, el silencio de una habitación y un apartamento entero se rompe por el sonido de unos cierres de un par de maletas. El día de mi ida a casa ha comenzado.

Ese día, un martes de más de 30 horas el más largo de mi vida, me levanté muy temprano; de puntillas fui a ducharme para no hace ruido, regresé a mi habitación con el cuidado con el que salí, me vestí con el mismo pantalón beige y camisa negra manga larga, el mismo atuendo con el que pisé por primera vez el suelo de la península Ibérica; y con esa misma ropa me voy esta vez, dejando atrás un montón de sentimientos, vivencias, ganancias, lágrimas, risas, y momentos que jamás se me borrarán del alma. Terminé de vestirme y luego preparé mi desayuno, rompí dos huevos que chisporrotearon en el aceite caliente, les puse jamón picado en pedacitos muy pequeños, sal y pimiento, cogí una tapa de pan integral que unté perfectamente con queso crema hasta los bordes, calenté agua casi haciéndola llegar a su punto de ebullición, puse leche en una taza hasta llenarla a la mitad y le agregué el agua medio hirviendo, añadí una cucharada de café y una bolsita de sacarina; mi desayuno estaba listo, puesto y servido justo en la esquina de una mesa de la cocina, donde me senté y en unos minutos terminé de comerlo.

Aún de noche, porque en Europa en verano amanece muy tarde, con esa oscuridad de la mañana dejé limpia la cocina, limpié el baño, arranqué una hoja de mi libreta de Indiana Jones y escribí un par de líneas cursis, lo sé y lo acepto soy un sentimental empedernido, al final de la página agradecí toda la hospitalidad y luego la dejé en la mesa del comedor y junto a ella las llaves de la casa. Me puse encima una chaqueta negra de algodón, coloqué sobre mi espalda mi mochila negra, me crucé sobre mi pecho el maletín de mi computadora y cogí en cada mano mis dos maletas Swiss Brand de color negro, las cuales ya antes había identificado con unas cintas de color naranja, para reconocerlas 15 horas después en las bandas de maletas de un aeropuerto al otro lado del mundo. Faltaban unos minutos para las cinco de la mañana cuando cerré muy suavemente la puerta del apartamento con mucho cuidado de no hacer mucho ruido; fue entonces cuando ese mismo ruido del golpe de la chapa de la puerta se convirtió en el disparo que anunciaba la salida de esta carrera del tiempo que llevaba a contra reloj para llegar al Aeropuerto del Prat. Ese mismo sonido significó una despedida solitaria donde solo estaba yo y nadie más diciéndome “buen viaje”.

Me encontré justo a las cinco de la mañana sentado en una parada de autobús de un pueblo que solo era un punto en el mapa de la Cataluña profunda, sintiendo el frío en el ambiente de las ventiscas heladas que decían adiós al verano, simbólicamente yo también decía adiós a España. Se detuvo justo frente a mí el autobús, me subí y me tumbé parado sobre una ventana de vidrio esperando llegar a la estación del tren. Llegué a esa primera parada y salí corriendo como pude, porque quedaba tan solo un minuto para que pasara el tren al aeropuerto, esto parecía una película que estaba viviendo mentalmente; junto aquel cargamento de equipajes intenté bajar las escaleras mecánicas arrastrando las maletas grandes y estando ya en el andén subterráneo salí corriendo y logré subirme en el tren. Por un momento respiré profundo, sintiendo una calma momentánea, estaba ya rumbo al aeropuerto y contando los espacios que quedan entre los números de mi reloj iba calculando y afirmándome que llegaría a tiempo para tomar un avión, el avión que irremediablemente debía tomar.

En el camino no me deleite con ningún paisaje de montañas ni amaneceres europeos de calendario, iba mirando mi reflejo en aquella ventana de las puertas del vagón del tren, ese reflejo en el que aparecía ahí parado como un pasajero más, deteniendo mis dos maletas que si las ponía juntas una encima sobre la otra alcanzaban mi altura; me miraba ahí, me examinaba como iba vestido, como estaba mi pelo, imaginando como me miraban aquellas personas que iban llenando poco a poco en cada parada el tren y que se preguntaban seguramente ¿Para dónde va este chico tan joven?, tan joven, tan joven, como había escuchado eso tantas veces, -Dame el secreto de la juventud- me decían muchas veces en este país donde la gente de mi edad se ve diez años mayor de lo que son y diez años mayor de lo que yo soy. Muéranse de la envidia, pensé en ese momento en el que vi en el reflejo de esa ventana como se dibujaba en mi rostro una media sonrisa.

-Última parada, aeropuerto-, dijo la voz robótica del tren anunciando que había llegado al aeropuerto, fue un trayecto de una hora, tiempo en el que al principio comencé quizá siendo el primero con maletas que se subió al tren en un pueblo perdido de Cataluña, pero que al final al llegar a las puertas de aquella estación del aeropuerto se bajó una mar de gente con maletas corriendo como cucarachas fumigadas. Me perdí en medio de toda esa turba de viajeros que jalaban su equipaje llenos de recuerdos, sueños, tristezas y cuanto sentimiento pudiera yo imaginarme; subí unas escaleras eléctricas, crucé un puente, volví a bajar, miré asustadizo los rótulos, me ponía atento a lo que hacían los demás y no dejaba de pensar en que tenía que ir a la Terminal 1; salí de esa edificación y me colé entre la multitud que esperaba un autobús que pasaba gratuitamente y que transportaba a todos los viajeros de la terminal 2 a la 1, esperé, llegó el autobús, me subí siendo el tercero en instalarme en su interior y así me fui deteniendo mi equipaje hasta que llegamos a la famosa terminal 1. Desde el autobús iba mirando los rótulos de las aerolíneas y trataba de identificar el que decía Iberia, listo lo vi, ya sabía donde dirigirme a prisa, tenía poco tiempo para ir al mostrador, registrar mis maletas y que me dieran mis tarjetas de embarque. Ya esto se volvía algo rutinario y me sentía ligeramente experto de esta rutina de viajero amateur.

Pasé los controles, odio quitarme el cinturón, los zapatos, billetera y casi todo lo que llevo encima solo para pasar por un marco de metal y demostrar que no soy “posible viajero sospechoso”, pasé sin problemas, me coloqué apresuradamente todo lo que me había quitado minutos antes y a buscar mi puerta de embarque. Me senté justo frente a las típicas ventanas enormes de cristal desde donde se ven los aviones, tal y como salen en las películas, recordé en ese momento la escena inicial de Destino Final 1 cuando el protagonista tiene la visión del avión despegando y explotando en los aires mientras es golpeado por los pedazos de cristales rotos por la onda expansiva, -No seas pendejo- me dije a mi mismo y mejor me compré de una maquina un jugo de naranja que no era de naranja de verdad, saqué de mi mochila un enrrolladito aplastado de chocolate  y sentado en aquella banca de metal, comí. Luego fui al baño, odio ir a los baños públicos a orinar, tan solo la idea de tener a un desconocido orinando a la par mía me corta toda ganas de ir a hacer pis aunque me esté muriendo por hacer pis, al final terminé yendo, era eso o entrar al baño del avión que es peor. Tiempo después me subí al primer avión que tenía que tomar rumbo a Madrid.



Junto a mí, en aquella línea de 3 asientos, al lado del pasillo una japonesa cuarentona friki, friki, friki con unos audífonos de Pato Donald y falda de caricaturas, en medio un señor de traje y corbata que se durmió durante los 40 minutos que duró el viaje y por último al lado de la ventana yo, que iba mirando despegar el avión sobre la línea de la costa azulada, viendo atravesar las nubes y como en un transe que duró menos de una hora pasé viendo este espectáculo hasta llegar a divisar los paisajes cuadriculados de las afueras de Madrid, un tartán verde de cultivos; aterrizamos, odio los aterrizajes tanto como los despegues, salí del avión junto a todos los demás pasajeros y a continuar la carrera del tiempo. Tenía exactamente otros 40 minutos para salir de esa parte del aeropuerto, fijarme en los letreros de colores de la estación “R/S/U”, bajar gradas eléctricas, seguir viendo los letreros “R/S/U”, seguir a todo el mundo que iba corriendo, subirme a un metro interno del aeropuerto, llegar a la Terminal 4S de aviones internacionales, jalar mis maletas, estar pendiente de mi pasaporte, mirar de nuevo mi boleto de embarque donde buscaba las letras “R/S/U”, sujetarme de un tubo en el metro, llegar al otro extremo del aeropuerto, bajarme de nuevo, subir como sardinas en un elevador, hacer migración, mostrar mis papeles a un oficial español mal encarado que me dijo –Buen Viaje-, volver a ver las letras “R/S/U”, he llegado, puedo respirar tranquilo. Me dirigí a las pantallitas donde salen los vuelos y busqué atentamente el mío, miré detenidamente por unos minutos a aquella sopa de letras intermitentes de colore verde, muy cuidadosamente intentaba leer donde se encontraba en número de puerta de mi vuelo, por unos momentos me puse nervioso, al final lo encontré; qué casualidad estaba casi enfrente de donde estaba parado, respiré profundo, tenía todo bajo control, volví a ir al baño previendo no utilizar el del avión y momentos después me senté en aquellas bancas metálicas grises y frías a esperar junto a todo aquel grupo de latinos que íbamos de regreso a América, el hogar.



Alrededor de 12 horas fueron las que pasé en aquel avión, junto a una señora que se decía ser española, hablaba como una, pero a mí no me engañaba, su fisonomía por muy blanca que fuera y la cantidad incalculable de peróxido en su cabello la delataban; era la típica latina que se va a España, obtiene una nacionalidad europea y por arte magia sus raíces centroamericanas se le olvidaron. Hay Dios la que hablaba esa señora, cualquier cosa era tema para entablar una conversación de al menos media hora, para mí no era el momento preciso para comenzar una tertulia de más de diez horas con una desconocida. Pude fijarme que ella no soltaba un carterón que cuidaba sospechosamente con mucho cuidado, yo que soy muy desconfiado titubeé y comencé a imaginarme cosas y a cuidar el maletín de mi computadora que llevaba al lado; mirar esos programas de aeropuertos, tráficos de drogas y demás cosas similares que pasan por el Discovery Channel te hace estar muy alerta de la gente que tienes al lado cuando viajas, es mejor desconfiar, prevenir y no lamentar después. Así, pasé metido en esa máquina alada escuchando un típico zumbido de los motores durante 12 horas; entre que me llenaban de comida de astronauta, miraba la pantallita que llevan los asientos, me reía con los capítulos de una temporada de The Big Bang Theory, escuchaba por momentos música, me quedaba medio dormido recordando en el subconsciente que llevaba una desconocida al lado, comía de nuevo más comida de astronauta, sacaba de mi bolsa un par de chicles y miraba constantemente por la ventana levantando un poquito la persiana para tratar de ver aquel paisaje que no era nada. Por fin la costa de América, ya falta poco.

Hice escala en Guatemala, no puedo contar mayor cosa sobre esa pausa en el país del eterno clima bonito, porque estaba casi muerto en vida del cansancio, solo contaba los minutos para volverme a subir al avión que miraba por los ventanales y que no terminaban de limpiar. En medio del desorden de viajeros típico de nuestra cultura, solo escuche que llamaron de nuevo a los pasajeros y mimetizándome en aquella bola de gente queriendo entrar, pensé por un momento –Dijeron hagan una fila, no una masa de gente-, hay como recordé el orden que hay del otro lado del Atlántico y casi lo extrañé, pero en el fondo estaba más atento de subirme lo antes posible y volar unos minutos más hasta llegar a mi país. Así me volví a sentar en el mismo asiento y con la misma señora pseudo española al lado, el avión voló a baja altura y me permitió ver el paisaje que estaba a mis pies y entre nubes que parecían espumas de jabón iba yo atravesando el cielo, tratando de imaginarme como iba a reacción emocionalmente al ver a mis padres parados a la salida del aeropuerto, no sabía que iba a hacer, si ponerme contento con una sonrisa que no me cupiera en el rostro o si aguantarme no botar ni una lagrima de emoción y frustración; en mi cabeza solo sonaba una frase y una imagen, mi padre, yo abrazándolo y diciéndole “no lo logré”.

Por fin hemos llegado, di gracias a Dios por haber soportado este suplicio chino, fue una proeza y un acto de paciencia que ya quisiera tener cualquier faquir, sentía que mi cuerpo ya caminaba errante, y buscaba como en control remoto el mostrador de migración, la cinta de las maletas y la salida.  Ataviado de equipaje logré salir, no vi a nadie, en la terraza de salida solo vi un perro callejero en medio de toda la sala que me llamó mucho la atención, la gente era un hervidero humano de desorden, y miraba como las familias se abrazaban; al llegar al borde de la acera donde están los taxis no vi a mis padres, momentos después logre ver a mi mamá, nos abrazamos casi dentro de un contexto muy cortes, mi papá lo vi minutos después cuando llegó con el carro, me saludó con un abrazo de la misma emotividad medida con la que había saludado a mi madre y me subí al carro. Solo recuerdo decir, estoy muy cansado y tengo hambre. Ese primer encuentro me lo había imaginado más apoteósico y más telenovelesco; así es la vida, o quizá así es la vida cuando nos hacemos adultos. Este quizá fue oficialmente el primer como adulto. Dentro de mí estaba emocionado, tranquilo y feliz de verlos y de estar por fin de vuelta en casa, el hijo pródigo a regresado.

Este fue un viaje casi al otro lado del mundo, un viaje que me separó por 8 horas de mi “antes”, hoy es un nuevo "ahora" y aunque estoy en unos días en los que tengo que tomar decisiones importantísimas en mi vida, me siento seguro de algo.

Aunque siga siendo el mismo hombre nervioso, ahora ya no tengo miedo.








miércoles, 14 de septiembre de 2016

Abracadabra Barcelona ¿Qué me hiciste que me embrujaste?



Puse un pie en Barcelona un domingo al mediodía, en una estación de trenes que parecía una aeropuerto, la estación de Sants. Allí estaban esperándome Leslie mi amiga a la que no veía desde hace 10 años y la pequeña June a la que conocería por primera vez; sí la famosa niña de la que tanto he hablado y que desde el primer momento se ganó toda mi atención.

Ese día no conocí Barcelona, más que por algunos paisajes que pude ver desde la ventana de mi asiento del tren; paisajes industriales de las afueras de esta ciudad. Esa tarde luego de comerme una hamburguesa de McDonald´s que nada tenía que ver con el sabor del McDonald´s original de América, cogí mi maleta, mi mochila, un porta planos que llevaba y junto a mi comité de bienvenida me subí a otro tren para ir a casa, donde me espera mi habitación.

Erróneamente decimos que el lunes es el primer día de la semana, pero en realidad es el domingo si lo tomamos en cuenta desde el punto de vista de la tradición litúrgica cristiana; pero para mí y para esta primera visita fue este lunes verdaderamente el primer día que mis sentidos bailaron al maravillarme con la majestuosidad de Barcelona, justo después de que esa mañana subiera las escaleras de la estación del metro de Paseo de Gracia, fue ahí cuando vi la luz del sol que tapaba mis ojos, vi esa maravillosa vista de esa calle con las farolas de “La Sombra y el Viento”, vi La Pedrera de Gaudí y un mar de gente mezcladas en un crisol de culturas juntas en una sola ciudad.

En esos días de esa semana en que me compartí entre el poblado de Montornès del Vallés y Barcelona, salí a Barcelona con el ritual de cada mañana de coger un autobús, un tren y sentirme agobiado por los túneles de los topos del metro de la gran ciudad de Gaudí; conocí lugares emblemáticos como el castillo de Montjuic donde me perdí sin querer envuelto por una turba de turistas a los cuales tontamente no sé ni por que seguí, vi el mar, el puerto, las calles, me invitaron a la primera “Piadina” de queso y jamón serrano de mi vida, estuve en las bohemias calles de la Ciutat Vella justo donde está la escuela de diseño Massana, comí en unas gradas de una plaza con una fuente, me desesperé con la ola de gente de La Rambla, me tomé selfies en la Sagrada Familia justo donde di tres vueltas en un intento desesperado de encontrar a mi guía turista que perdí de vista en algún momento y como si tuviera pegada la ley de Murphy a mí en ese momento mi teléfono celular estaba muerto; comí en una terraza paella, probé un helado de 4 euros el más rico y caro que me he comido en toda mi vida, fui al Barrio Gótico imaginándome que era Christian Slater  y que estaba en la película El Nombre de la Rosa, y así con mis ojos que no dejaban de mirar a todos lados conocí muchos lugares más de esta ciudad.


Pero hoy contaré ese primer día en que realmente me sentí embrujado, seducido y excitado en un placer casi carnal, sensorial y sexual por esta ciudad. Mi primer día solo en Barcelona. Fue un jueves, luego de ser casi obligado en un acto de conciencia por mi amiga que me dijo –¡Puya Fran, has venido hasta aquí y no vas a ir a ver la Escuela!- , creo que en entre líneas supe traducir un “no seas tan pendejo”, me lo merecía de hecho. Así fue como al día siguiente me levanté muy temprano, me puse unos pantalones azul marino, una camisa gris, mis zapatos slips oscuros y mi mochila negra; me sentía como si era mi primer día para ir a la universidad, ese día en que quieres impresionar a todos e irte muy guapo, en mi caso digamos decentemente para la ocasión.

Eran las nueve en punto cuando salí de casa, cerré muy despacio la puerta para no hacer ruido y me fui a la estación del tren de Montmeló, justo donde tenía que salir en un tren hasta Barcelona. Durante el trayecto, mientras una mujer que iba a mi lado me hablaba a señas como si no entendiera español para decirme que si me molestaba correrme de asiento para que su novio se sentara a la par de ella, en mi mente me iba repitiendo a manera de mantras las recomendaciones que me habían dado “sigue las señales en el metro, sigue las señales en el metro”; y revisaba a la vez las rutas que tenia que seguir, que muy cuidadosamente una noche antes había anotado en mi libreta de viajero, a la que yo llamo “la libreta de Indiana Jones”. Al final ese cuaderno ajado de hojas dobladas estoy seguro que será un bonito recuerdo de mis días en Europa.

De esa manera muy casual llegué al metro de Barcelona, me enrede en esos túneles confusos, viendo las señales de la línea de metro L3 que son de color rojo, las buscaba en las paredes y con actitud de que yo tenía años moviéndome como pez en el agua bajo el subsuelo de Barna iba descifrando por donde irme; en realidad iba muerto de miedo porque no quería perderme, eventualmente todo salió bien y me dejé llevar por la última cuota de confianza que me quedaba. Leer libros de autoayuda al final no ha sido en vano.

Llegué al Barrio de Gracia un lugar realmente muy bonito, antiguo, con muchas panaderías, edificios antiguos, almacenes de cosas curiosas y entré directamente a un Tabaco, que son unas tienditas que venden precisamente tabaco para esa asquerosa manía que tienen casi todos los españoles de fumar como chimenea y donde venden también chicles y cosillas así, precisamente entré a comprar unos chicles de 1.50 euros, los más caros de mi vida –Dios aquí todo es tan caro-, no había opción era eso o llegar con aliento mañanero hacia donde me dirigía. Di la vuelta a la cuadra, bajé dos más y a lo lejos divisé un edificio amarillo mostaza con unas banderolas que inmediatamente coincidieron con la imagen mental que ya traía de las fotografías que había visto en internet sobre como era la fisonomía de la escuela que buscaba. Me detuve por unos minutos en la acera de enfrente mirando hacia la puerta, mirando quien estaba o como era el espacio interior; por un momento dude en entrar, pero me dije a mí mismo –Ya estoy aquí, que más da-, crucé la calle, una tira estrecha donde apenas puede caber una carro normal, jalé la puerta de vidrio, me dirigí hacia la recepción y dije el discurso que tenía que decir: Hola, soy Francisco y vengo a buscar al Señor…..

Luego de poco más de una hora de platicar con Jose María, sí “Jose” sin acento; sobre la información que necesitaba, sobre temas que nada tenían que ver con lo andaba buscando y de visitar los 3 pisos y la terraza de ese lugar que anteriormente había sido una fábrica de chocolates; me despedí con un apretón de manos el cual fue respondido con un –Me ha gustado mucho que hayas venido desde tan lejos para conocernos, me has sorprendido mucho y te espero en unos meses-. Salí de ahí con un buen sabor de boca, el lugar me gustó bastante para ser honesto, estando ya afuera de aquel edificio amarillo, me pregunte -¿Y ahora que hago, son apenas las 11 de la mañana?-, pues solo queda aplanar calles.

En ese actividad de acabarme casi las suelas de mis zapatos, fue cuando sentí la libertad de estar en una ciudad llena de magia, fue cuando Barcelona me toco rozándome el alma, extrañamente deje mis miedos de lado y simplemente me deje llevar por donde las calles me llevaran. Me subí al metro de nuevo con una seguridad más aplomada, tome un autobús, vi los mapas y me fui directo al Museo de Arte de Catalunya, un lugar simplemente sorprendente, donde viaje en el tiempo desde la época románica, gótica, el modernismo y la fantasía del arte. Tome fotos, selfies, vi suvenires carísimos que no compré por supuesto; aunque como hubiera querido comprarme aquel libro de fotografías de Alphonse Mucha que costaba 65 euros.

De regreso, baje por aquel camino de mil millones de gradas hasta las torres de no recuerdo el nombre, pero unas torres de ladrillos muy altas que me recordaban mucho a los paisajes arquitectónicos de alguna ciudad de Juego de Tronos, desde ahí comencé a caminar de nueva cuenta sin ningún rumbo en particular, tenía que gastarme el día como fuera y conocer más calles, ver más paisajes urbanos y mezclarme más con toda la gente para sentirme parte de ella, parte de una fantasía que en mi cabeza comenzaba a creerme; al menos por un día.

En una calle me detuve en una vitrina de una panadería donde estaban un sin fin de panes dulces, casi todos de crema y chocolate, cosa que no sé porque aquí son tan chocolateros y a todo le ponen azúcar y crema; pero también habían sándwiches, tostadas y otras cosas, me pedí una especie de pizza sobre una tostada que tenía salsa de tomates, albahaca, aceitunas y jamón, luego justo al lado había un súper pakistaní donde me compré un té helado; estaba listo para comer sobre una banca de una placita bajo la sombra de un montón de árboles, palomas en el piso y gente pasando. Toda una película europea de Almodóvar sobre un joven tímido de pueblo que va a la gran ciudad.

Lo demás es historia, caminar, ver, explorar, maravillarme, descubrir, oler, sentir, dejarme encantar.

Se llegó el momento de la vuelta a casa, el momento de envolverme en la fórmula matemática de caminar hacia abajo, buscar en el metro el cuadrito rojo con la L3, subirme a un metro abaratado de gente, bajarme, subir escaleras, marcar una tarjeta electrónica, buscar la otra estación del tren y dejarme descansar por un rato mientras llegaba a casa, a mi habitación y tirarme sobre a mi cama, mientras seguía despierto pensando en lo que había hecho ese día.

Barcelona fuiste un oasis de una semana en medio de esta aventura, de este mes que me ha revuelto el corazón en mil pedazos; pero tú hiciste con esos pedazos rotos un corazón de mosaicos. Mi corazón de Gaudí.