lunes, 26 de septiembre de 2016

El hijo pródigo



Cuatro treinta de la madrugada, la soledad embarga todo mi ser, el silencio de una habitación y un apartamento entero se rompe por el sonido de unos cierres de un par de maletas. El día de mi ida a casa ha comenzado.

Ese día, un martes de más de 30 horas el más largo de mi vida, me levanté muy temprano; de puntillas fui a ducharme para no hace ruido, regresé a mi habitación con el cuidado con el que salí, me vestí con el mismo pantalón beige y camisa negra manga larga, el mismo atuendo con el que pisé por primera vez el suelo de la península Ibérica; y con esa misma ropa me voy esta vez, dejando atrás un montón de sentimientos, vivencias, ganancias, lágrimas, risas, y momentos que jamás se me borrarán del alma. Terminé de vestirme y luego preparé mi desayuno, rompí dos huevos que chisporrotearon en el aceite caliente, les puse jamón picado en pedacitos muy pequeños, sal y pimiento, cogí una tapa de pan integral que unté perfectamente con queso crema hasta los bordes, calenté agua casi haciéndola llegar a su punto de ebullición, puse leche en una taza hasta llenarla a la mitad y le agregué el agua medio hirviendo, añadí una cucharada de café y una bolsita de sacarina; mi desayuno estaba listo, puesto y servido justo en la esquina de una mesa de la cocina, donde me senté y en unos minutos terminé de comerlo.

Aún de noche, porque en Europa en verano amanece muy tarde, con esa oscuridad de la mañana dejé limpia la cocina, limpié el baño, arranqué una hoja de mi libreta de Indiana Jones y escribí un par de líneas cursis, lo sé y lo acepto soy un sentimental empedernido, al final de la página agradecí toda la hospitalidad y luego la dejé en la mesa del comedor y junto a ella las llaves de la casa. Me puse encima una chaqueta negra de algodón, coloqué sobre mi espalda mi mochila negra, me crucé sobre mi pecho el maletín de mi computadora y cogí en cada mano mis dos maletas Swiss Brand de color negro, las cuales ya antes había identificado con unas cintas de color naranja, para reconocerlas 15 horas después en las bandas de maletas de un aeropuerto al otro lado del mundo. Faltaban unos minutos para las cinco de la mañana cuando cerré muy suavemente la puerta del apartamento con mucho cuidado de no hacer mucho ruido; fue entonces cuando ese mismo ruido del golpe de la chapa de la puerta se convirtió en el disparo que anunciaba la salida de esta carrera del tiempo que llevaba a contra reloj para llegar al Aeropuerto de Prat. Ese mismo sonido significó una despedida solitaria donde solo estaba yo y nadie más diciéndome “buen viaje”.

Me encontré justo a las cinco de la mañana sentado en una parada de autobús de un pueblo que solo era un punto en el mapa de la Cataluña profunda, sintiendo el frío en el ambiente de las ventiscas heladas que decían adiós al verano, simbólicamente yo también decía adiós a España. Se detuvo justo frente a mí el autobús, me subí y me tumbé parado sobre una ventana de vidrio esperando llegar a la estación del tren. Llegué a esa primera parada y salí corriendo como pude, porque quedaba tan solo un minuto para que pasara el tren al aeropuerto, esto parecía una película que estaba viviendo mentalmente; junto aquel cargamento de equipajes intenté bajar las escaleras mecánicas arrastrando las maletas grandes y estando ya en el andén subterráneo salí corriendo y logré subirme en el tren. Por un momento respiré profundo, sintiendo una calma momentánea, estaba ya rumbo al aeropuerto y contando los espacios que quedan entre los números de mi reloj iba calculando y afirmándome que llegaría a tiempo para tomar un avión, el avión que irremediablemente debía tomar.

En el camino no me deleite con ningún paisaje de montañas ni amaneceres europeos de calendario, iba mirando mi reflejo en aquella ventana de las puertas del vagón del tren, ese reflejo en el que aparecía ahí parado como un pasajero más, deteniendo mis dos maletas que si las ponía juntas una encima sobre la otra alcanzaban mi altura; me miraba ahí, me examinaba como iba vestido, como estaba mi pelo, imaginando como me miraban aquellas personas que iban llenando poco a poco en cada parada el tren y que se preguntaban seguramente ¿Para dónde va este chico tan joven?, tan joven, tan joven, como había escuchado eso tantas veces, -Dame el secreto de la juventud- me decían muchas veces en este país donde la gente de mi edad se ve diez años mayor de lo que son y diez años mayor de lo que yo soy. Muéranse de la envidia, pensé en ese momento en el que vi en el reflejo de esa ventana como se dibujaba en mi rostro una media sonrisa.

-Última parada, aeropuerto-, dijo la voz robótica del tren anunciando que había llegado al aeropuerto, fue un trayecto de una hora, tiempo en el que al principio comencé quizá siendo el primero con maletas que se subió al tren en un pueblo perdido de Cataluña, pero que al final al llegar a las puertas de aquella estación del aeropuerto se bajó una mar de gente con maletas corriendo como cucarachas fumigadas. Me perdí en medio de toda esa turba de viajeros que jalaban su equipaje llenos de recuerdos, sueños, tristezas y cuanto sentimiento pudiera yo imaginarme; subí unas escaleras eléctricas, crucé un puente, volví a bajar, miré asustadizo los rótulos, me ponía atento a lo que hacían los demás y no dejaba de pensar en que tenía que ir a la Terminal 1; salí de esa edificación y me colé entre la multitud que esperaba un autobús que pasaba gratuitamente y que transportaba a todos los viajeros de la terminal 2 a la 1, esperé, llegó el autobús, me subí siendo el tercero en instalarme en su interior y así me fui deteniendo mi equipaje hasta que llegamos a la famosa terminal 1. Desde el autobús iba mirando los rótulos de las aerolíneas y trataba de identificar el que decía Iberia, listo lo vi, ya sabía donde dirigirme a prisa, tenía poco tiempo para ir al mostrador, registrar mis maletas y que me dieran mis tarjetas de embarque. Ya esto se volvía algo rutinario y me sentía ligeramente experto de esta rutina de viajero amateur.

Pasé los controles, odio quitarme el cinturón, los zapatos, billetera y casi todo lo que llevo encima solo para pasar por un marco de metal y demostrar que no soy “posible viajero sospechoso”, pasé sin problemas, me coloqué apresuradamente todo lo que me había quitado minutos antes y a buscar mi puerta de embarque. Me senté justo frente a las típicas ventanas enormes de cristal desde donde se ven los aviones, tal y como salen en las películas, recordé en ese momento la escena inicial de Destino Final 1 cuando el protagonista tiene la visión del avión despegando y explotando en los aires mientras es golpeado por los pedazos de cristales rotos por la onda expansiva, -No seas pendejo- me dije a mi mismo y mejor me compré de una maquina un jugo de naranja que no era de naranja de verdad, saqué de mi mochila un enrrolladito aplastado de chocolate  y sentado en aquella banca de metal, comí. Luego fui al baño, odio ir a los baños públicos a orinar, tan solo la idea de tener a un desconocido orinando a la par mía me corta toda ganas de ir a hacer pis aunque me esté muriendo por hacer pis, al final terminé yendo, era eso o entrar al baño del avión que es peor. Tiempo después me subí al primer avión que tenía que tomar rumbo a Madrid.



Junto a mí, en aquella línea de 3 asientos, al lado del pasillo una japonesa cuarentona friki, friki, friki con unos audífonos de Pato Donald y falda de caricaturas, en medio un señor de traje y corbata que se durmió durante los 40 minutos que duró el viaje y por último al lado de la ventana yo, que iba mirando despegar el avión sobre la línea de la costa azulada, viendo atravesar las nubes y como en un transe que duró menos de una hora pasé viendo este espectáculo hasta llegar a divisar los paisajes cuadriculados de las afueras de Madrid, un tartán verde de cultivos; aterrizamos, odio los aterrizajes tanto como los despegues, salí del avión junto a todos los demás pasajeros y a continuar la carrera del tiempo. Tenía exactamente otros 40 minutos para salir de esa parte del aeropuerto, fijarme en los letreros de colores de la estación “R/S/U”, bajar gradas eléctricas, seguir viendo los letreros “R/S/U”, seguir a todo el mundo que iba corriendo, subirme a un metro interno del aeropuerto, llegar a la Terminal 4S de aviones internacionales, jalar mis maletas, estar pendiente de mi pasaporte, mirar de nuevo mi boleto de embarque donde buscaba las letras “R/S/U”, sujetarme de un tubo en el metro, llegar al otro extremo del aeropuerto, bajarme de nuevo, subir como sardinas en un elevador, hacer migración, mostrar mis papeles a un oficial español mal encarado que me dijo –Buen Viaje-, volver a ver las letras “R/S/U”, he llegado, puedo respirar tranquilo. Me dirigí a las pantallitas donde salen los vuelos y busqué atentamente el mío, miré detenidamente por unos minutos a aquella sopa de letras intermitentes de colore verde, muy cuidadosamente intentaba leer donde se encontraba en número de puerta de mi vuelo, por unos momentos me puse nervioso, al final lo encontré; qué casualidad estaba casi enfrente de donde estaba parado, respiré profundo, tenía todo bajo control, volví a ir al baño previendo no utilizar el del avión y momentos después me senté en aquellas bancas metálicas grises y frías a esperar junto a todo aquel grupo de latinos que íbamos de regreso a América, el hogar.



Alrededor de 12 horas fueron las que pasé en aquel avión, junto a una señora que se decía ser española, hablaba como una, pero a mí no me engañaba, su fisonomía por muy blanca que fuera y la cantidad incalculable de peróxido en su cabello la delataban; era la típica latina que se va a España, obtiene una nacionalidad europea y por arte magia sus raíces centroamericanas se le olvidaron. Hay Dios la que hablaba esa señora, cualquier cosa era tema para entablar una conversación de al menos media hora, para mí no era el momento preciso para comenzar una tertulia de más de diez horas con una desconocida. Pude fijarme que ella no soltaba un carterón que cuidaba sospechosamente con mucho cuidado, yo que soy muy desconfiado titubeé y comencé a imaginarme cosas y a cuidar el maletín de mi computadora que llevaba al lado; mirar esos programas de aeropuertos, tráficos de drogas y demás cosas similares que pasan por el Discovery Channel te hace estar muy alerta de la gente que tienes al lado cuando viajas, es mejor desconfiar, prevenir y no lamentar después. Así, pasé metido en esa máquina alada escuchando un típico zumbido de los motores durante 12 horas; entre que me llenaban de comida de astronauta, miraba la pantallita que llevan los asientos, me reía con los capítulos de una temporada de The Big Bang Theory, escuchaba por momentos música, me quedaba medio dormido recordando en el subconsciente que llevaba una desconocida al lado, comía de nuevo más comida de astronauta, sacaba de mi bolsa un par de chicles y miraba constantemente por la ventana levantando un poquito la persiana para tratar de ver aquel paisaje que no era nada. Por fin la costa de América, ya falta poco.

Hice escala en Guatemala, no puedo contar mayor cosa sobre esa pausa en el país del eterno clima bonito, porque estaba casi muerto en vida del cansancio, solo contaba los minutos para volverme a subir al avión que miraba por los ventanales y que no terminaban de limpiar. En medio del desorden de viajeros típico de nuestra cultura, solo escuche que llamaron de nuevo a los pasajeros y mimetizándome en aquella bola de gente queriendo entrar, pensé por un momento –Dijeron hagan una fila, no una masa de gente-, hay como recordé el orden que hay del otro lado del Atlántico y casi lo extrañé, pero en el fondo estaba más atento de subirme lo antes posible y volar unos minutos más hasta llegar a mi país. Así me volví a sentar en el mismo asiento y con la misma señora pseudo española al lado, el avión voló a baja altura y me permitió ver el paisaje que estaba a mis pies y entre nubes que parecían espumas de jabón iba yo atravesando el cielo, tratando de imaginarme como iba a reacción emocionalmente al ver a mis padres parados a la salida del aeropuerto, no sabía que iba a hacer, si ponerme contento con una sonrisa que no me cupiera en el rostro o si aguantarme no botar ni una lagrima de emoción y frustración; en mi cabeza solo sonaba una frase y una imagen, mi padre, yo abrazándolo y diciéndole “no lo logré”.

Por fin hemos llegado, di gracias a Dios por haber soportado este suplicio chino, fue una proeza y un acto de paciencia que ya quisiera tener cualquier faquir, sentía que mi cuerpo ya caminaba errante, y buscaba como en control remoto el mostrador de migración, la cinta de las maletas y la salida.  Ataviado de equipaje logré salir, no vi a nadie, en la terraza de salida solo vi un perro callejero en medio de toda la sala que me llamó mucho la atención, la gente era un hervidero humano de desorden, y miraba como las familias se abrazaban; al llegar al borde de la acera donde están los taxis no vi a mis padres, momentos después logre ver a mi mamá, nos abrazamos casi dentro de un contexto muy cortes, mi papá lo vi minutos después cuando llegó con el carro, me saludó con un abrazo de la misma emotividad medida con la que había saludado a mi madre y me subí al carro. Solo recuerdo decir, estoy muy cansado y tengo hambre. Ese primer encuentro me lo había imaginado más apoteósico y más telenovelesco; así es la vida, o quizá así es la vida cuando nos hacemos adultos. Este quizá fue oficialmente el primer como adulto. Dentro de mí estaba emocionado, tranquilo y feliz de verlos y de estar por fin de vuelta en casa, el hijo pródigo a regresado.

Este fue un viaje casi al otro lado del mundo, un viaje que me separó por 8 horas de mi “antes”, hoy es un nuevo "ahora" y aunque estoy en unos días en los que tengo que tomar decisiones importantísimas en mi vida, me siento seguro de algo.

Aunque siga siendo el mismo hombre nervioso, ahora ya no tengo miedo.








jueves, 22 de septiembre de 2016

La Paella Valenciana se terminó.



Escuchando “If it makes you happy” de Sheryl Crow, me he subido al tren rumbo a Barcelona, un tren que tomo de nuevo pero hoy no para hacer una visita, ni menos para conocerla, sino para comenzar a lamerme las heridas y que estas sanen más pronto.

Todos conocen la historia de Moisés, que vagó por décadas por el desierto en busca de Israel, ahora me siento como él, yendo de un lado a otro sin un rumbo aparente, pero que en el fondo sí lo sé. He pasado un tiempo en Valencia, la ciudad de la paella, paella que realmente jamás probé, comí una que otros arroces de otro tipo pero justo el día que iba a comerla, la propia, la clásica y típica valenciana, más tardé en leer todo el menú cuando me dijeron que paella valenciana no tenían y que había que encargarla con un día de anticipación, ¿Acaso este es un potaje ancestral que necesita un ritual de purificación de los ingredientes o qué onda?. Esto sucedió en un pueblo cercano a la ciudad, que más autóctono podía ser la experiencia de comerla en un lugar con el verdadero sabor casero; y como si todo esto se tratara de mensajes ocultos del destino, esta experiencia llamada Valencia fue una sucesión de eventos desafortunados. Quizá nunca debí haber comprado ese boleto de Iberia; pero al final sea como sea he conocido Europa y me he gastado un par de zapatos caminado por estas tierras del románico y el gótico, y eso nadie me lo quita.


El tren a salido ya, he tenido suerte, voy en el asiento 1A de la ventana y del lado derecho, lo que significa que tendré una vista espectacular de la costa catalana, pero mejor aún mi detector de Asperger va en modo bajo control, el vagón va a la mitad de su capacidad y no llevo a nadie a mi lado; solo espero que en alguna parada no se suba nadie y se siente a mi lado para quitarme la tranquilidad que este día necesito. El viaje aún no termina y este es solo una primera parte de mi regreso a casa, de poder besar a mis padres, abrazar a mis hermanos y aplastar con cosquillas a mi perra Brigita. Aún me quedan 2 días más en España y estoy hecho polvo.

Me siento enfermo y muy débil, cualquiera pudiera decir -¡No jodás, vos sos un niñón!-, pero no todos saben ni tampoco voy a explicarles ni mucho menos a ponerme un rútulo sobre mi pecho diciendo que padezco una enfermedad por la que tendré que tomarme una pastilla diaria por el resto de mi días, y hoy no entraré en esos detalles que en realidad a nadie le interesan, simplemente porque no me da la gana y porque a nadie le importan; pero a veces me siento mal, hay días buenos y días malos y muchas veces eso me hace esforzarme el doble para poder afrontar situaciones que son cotidianas para otros y que para mi son doblemente cotidianas. Me siento emocionalmente agotado, nervioso, ansioso, precisamente al otro lado del atlántico me vino a doler una muela y no puedo comer de ese lado y peor aún desde ayer tengo una urticaria y una reacción alérgica en todo el cuerpo, no sé si estoy hinchado, no lo sé, pero tengo el cuerpo lleno de ronchas, la piel muy roja y no deja de picarme. Solo espero que se me quite y sea una reacción a que sé yo, el desodorante, al detergente o el clima.

El tren se detiene en una estación, mis asientos vacíos son llenados por una familia de inmigrantes colombianos bastantes pintorescos, los únicos que hacía un montón de ruido en el vagón, por un momento dije –Ahhhh se acabó mi paz-, pero después sonreí y me puse a pensar que eran las primeras personas más cercanas a mi cultura que había visto en mucho tiempo; me puse mis audífonos, seguí escuchando música subiéndole el volumen y me dejé perder entre los paisajes, las montañas, la costa y el cielo que se entre azulaba por el cambio de horas. Me sentí reconfortado.

Llegué en un par de horas más a la estación de Sants, ya en suelo Barcelonés, me dirigí a las pantallas que anuncian las rutas y horarios, y recordaba muy atentamente en mi mente como en flashes intermitentes lo que me habían indicado antes “ St. Celoni, el tren de St. Celoni”, había otro tren pero no recordaba cual era, y que también podía llevarme al mismo destino, pero decidí apostar por el que sí estaba seguro. Vi entonces que el tren que tenía que tomar lo tenñia que hacer en el andén 13-14, algo que nunca he entendido porque no poner específicamente un solo andén, a lo mejor soy demasiado principiante para entender como moverme en trenes, subterráneos y metros; me senté, puse mi mochila sobre mis piernas teniendo cuidado de no ensuciarme y coloqué ordenadamente las dos maletas que llevaba a un lado de la banca de metal. Vi el tren acercarse pero por alguna razón algo me decía que había algo extraño, aun así me subí a el, quizá por el impulso de ver a la gente subirse corriendo que terminé mimetizándome en esa misma rutina de apurarme y subirme, más aún con mi equipaje que no era nada cómodo. Al estar subido en el tren me di cuenta de las pantallas que suelen llevar estos transportes en la parte superior de las puertas, y decía “próxima estación Paseo de Gracia”, - ¡A la gran puta!- fue mi única y primera reacción, me he equivocado de tren y voy al centro de Barcelona en vez de irme hacia las afueras de la ciudad y directamente al pueblo donde me dirigía. ¿Qué podía hacer?, en realidad nada, hacer repaso mental de las veces que había estado solo en Barcelona, revisar mi libreta de Indiana Jones y ver como carajos regresarme donde tenía que irme. Lo encontré, de alguna manera descifré el camino que con mis anotaciones que como las migajas que Hansel y Gretel dejaron en el cuento de la casita de chocolate, me dieron las pistas para bajarme en la estación de Gracia o Clot y ahí tomar el siguiente tren; creo que en ese revoltijo de vueltas, subidas y bajadas de gradas que di de andén en andén pasé la tarjeta de transporte como tres veces o más, en ese momento no me importó, pero al final logré llegar al andén que me llevaría al destino al que iba.

20:05 horas, marcaba la pantalla de color negra con dígitos rojos, -Dios llegaré a las nueve de la noche o más- me repetía en mi cabeza, ya ni modo, me senté de nuevo, en una banca de aquella estación que tenía un aire a una película de Spike Lee del Nueva York apocalíptico y no tuve más remedio que esperar ahí sentado con mis maletas siempre al lado y al otro lado una pareja de jóvenes novios peruanos que no dejaban de mordisquearse la oreja.

Me subí al tren, cansado, preocupado, y repitiéndome que por qué a veces me atonto tanto y convierto todo en un desastre, ese día precisamente se me acabó el saldo de mi teléfono celular, no podía ni tan siquiera hablar por teléfono a mi amiga que sabía que llegaría a las 5 p.m. a su casa y ya eran más de las 9 de la noche; cosas que pasan y parte de la aventura de ser un viajero amateur. Llegué por fin al pueblo, me bajé del autobús, jalé con desgano las dos maletas que llevaba, subí el elevador hasta el ático del edificio, abrí la puerta y con cara de moribundo, porque de verdad me sentía muy mal, saludé con un “Hola, perdón por venir tan tarde, me perdí, me aturdí y no supe que hacer”. Solo recibí una respuesta con cierto sabor a reproche y nada de preocupación a lo que me había pasado. Caí como un árbol recién talado sobre la cama, no quité el cubrecama, simplemente me acosté y pasé dormido esa noche y casi todo el día siguiente. Realmente me sentía mal de salud y anímicamente venía derrotado de la ciudad de los arroces y la playa.

A pesar de todo disfrute la aventura de estar en una ciudad bonita; al final de eso se tratan las aventuras de salir de ellas raspado, adolorido y con un rasguño en el corazón. La paella valenciana se terminó, solo quedaron las sobras de un plato vacío que serán para siempre un recuerdo.





miércoles, 14 de septiembre de 2016

Abracadabra Barcelona ¿Qué me hiciste que me embrujaste?



Puse un pie en Barcelona un domingo al mediodía, en una estación de trenes que parecía una aeropuerto, la estación de Sants. Allí estaban esperándome Leslie mi amiga a la que no veía desde hace 10 años y la pequeña June a la que conocería por primera vez; sí la famosa niña de la que tanto he hablado y que desde el primer momento se ganó toda mi atención.

Ese día no conocí Barcelona, más que por algunos paisajes que pude ver desde la ventana de mi asiento del tren; paisajes industriales de las afueras de esta ciudad. Esa tarde luego de comerme una hamburguesa de McDonald´s que nada tenía que ver con el sabor del McDonald´s original de América, cogí mi maleta, mi mochila, un porta planos que llevaba y junto a mi comité de bienvenida me subí a otro tren para ir a casa, donde me espera mi habitación.

Erróneamente decimos que el lunes es el primer día de la semana, pero en realidad es el domingo si lo tomamos en cuenta desde el punto de vista de la tradición litúrgica cristiana; pero para mí y para esta primera visita fue este lunes verdaderamente el primer día que mis sentidos bailaron al maravillarme con la majestuosidad de Barcelona, justo después de que esa mañana subiera las escaleras de la estación del metro de Paseo de Gracia, fue ahí cuando vi la luz del sol que tapaba mis ojos, vi esa maravillosa vista de esa calle con las farolas de “La Sombra y el Viento”, vi La Pedrera de Gaudí y un mar de gente mezcladas en un crisol de culturas juntas en una sola ciudad.

En esos días de esa semana en que me compartí entre el poblado de Montornès del Vallés y Barcelona, salí a Barcelona con el ritual de cada mañana de coger un autobús, un tren y sentirme agobiado por los túneles de los topos del metro de la gran ciudad de Gaudí; conocí lugares emblemáticos como el castillo de Montjuic donde me perdí sin querer envuelto por una turba de turistas a los cuales tontamente no sé ni por que seguí, vi el mar, el puerto, las calles, me invitaron a la primera “Piadina” de queso y jamón serrano de mi vida, estuve en las bohemias calles de la Ciutat Vella justo donde está la escuela de diseño Massana, comí en unas gradas de una plaza con una fuente, me desesperé con la ola de gente de La Rambla, me tomé selfies en la Sagrada Familia justo donde di tres vueltas en un intento desesperado de encontrar a mi guía turista que perdí de vista en algún momento y como si tuviera pegada la ley de Murphy a mí en ese momento mi teléfono celular estaba muerto; comí en una terraza paella, probé un helado de 4 euros el más rico y caro que me he comido en toda mi vida, fui al Barrio Gótico imaginándome que era Christian Slater  y que estaba en la película El Nombre de la Rosa, y así con mis ojos que no dejaban de mirar a todos lados conocí muchos lugares más de esta ciudad.


Pero hoy contaré ese primer día en que realmente me sentí embrujado, seducido y excitado en un placer casi carnal, sensorial y sexual por esta ciudad. Mi primer día solo en Barcelona. Fue un jueves, luego de ser casi obligado en un acto de conciencia por mi amiga que me dijo –¡Puya Fran, has venido hasta aquí y no vas a ir a ver la Escuela!- , creo que en entre líneas supe traducir un “no seas tan pendejo”, me lo merecía de hecho. Así fue como al día siguiente me levanté muy temprano, me puse unos pantalones azul marino, una camisa gris, mis zapatos slips oscuros y mi mochila negra; me sentía como si era mi primer día para ir a la universidad, ese día en que quieres impresionar a todos e irte muy guapo, en mi caso digamos decentemente para la ocasión.

Eran las nueve en punto cuando salí de casa, cerré muy despacio la puerta para no hacer ruido y me fui a la estación del tren de Montmeló, justo donde tenía que salir en un tren hasta Barcelona. Durante el trayecto, mientras una mujer que iba a mi lado me hablaba a señas como si no entendiera español para decirme que si me molestaba correrme de asiento para que su novio se sentara a la par de ella, en mi mente me iba repitiendo a manera de mantras las recomendaciones que me habían dado “sigue las señales en el metro, sigue las señales en el metro”; y revisaba a la vez las rutas que tenia que seguir, que muy cuidadosamente una noche antes había anotado en mi libreta de viajero, a la que yo llamo “la libreta de Indiana Jones”. Al final ese cuaderno ajado de hojas dobladas estoy seguro que será un bonito recuerdo de mis días en Europa.

De esa manera muy casual llegué al metro de Barcelona, me enrede en esos túneles confusos, viendo las señales de la línea de metro L3 que son de color rojo, las buscaba en las paredes y con actitud de que yo tenía años moviéndome como pez en el agua bajo el subsuelo de Barna iba descifrando por donde irme; en realidad iba muerto de miedo porque no quería perderme, eventualmente todo salió bien y me dejé llevar por la última cuota de confianza que me quedaba. Leer libros de autoayuda al final no ha sido en vano.

Llegué al Barrio de Gracia un lugar realmente muy bonito, antiguo, con muchas panaderías, edificios antiguos, almacenes de cosas curiosas y entré directamente a un Tabaco, que son unas tienditas que venden precisamente tabaco para esa asquerosa manía que tienen casi todos los españoles de fumar como chimenea y donde venden también chicles y cosillas así, precisamente entré a comprar unos chicles de 1.50 euros, los más caros de mi vida –Dios aquí todo es tan caro-, no había opción era eso o llegar con aliento mañanero hacia donde me dirigía. Di la vuelta a la cuadra, bajé dos más y a lo lejos divisé un edificio amarillo mostaza con unas banderolas que inmediatamente coincidieron con la imagen mental que ya traía de las fotografías que había visto en internet sobre como era la fisonomía de la escuela que buscaba. Me detuve por unos minutos en la acera de enfrente mirando hacia la puerta, mirando quien estaba o como era el espacio interior; por un momento dude en entrar, pero me dije a mí mismo –Ya estoy aquí, que más da-, crucé la calle, una tira estrecha donde apenas puede caber una carro normal, jalé la puerta de vidrio, me dirigí hacia la recepción y dije el discurso que tenía que decir: Hola, soy Francisco y vengo a buscar al Señor…..

Luego de poco más de una hora de platicar con Jose María, sí “Jose” sin acento; sobre la información que necesitaba, sobre temas que nada tenían que ver con lo andaba buscando y de visitar los 3 pisos y la terraza de ese lugar que anteriormente había sido una fábrica de chocolates; me despedí con un apretón de manos el cual fue respondido con un –Me ha gustado mucho que hayas venido desde tan lejos para conocernos, me has sorprendido mucho y te espero en unos meses-. Salí de ahí con un buen sabor de boca, el lugar me gustó bastante para ser honesto, estando ya afuera de aquel edificio amarillo, me pregunte -¿Y ahora que hago, son apenas las 11 de la mañana?-, pues solo queda aplanar calles.

En ese actividad de acabarme casi las suelas de mis zapatos, fue cuando sentí la libertad de estar en una ciudad llena de magia, fue cuando Barcelona me toco rozándome el alma, extrañamente deje mis miedos de lado y simplemente me deje llevar por donde las calles me llevaran. Me subí al metro de nuevo con una seguridad más aplomada, tome un autobús, vi los mapas y me fui directo al Museo de Arte de Catalunya, un lugar simplemente sorprendente, donde viaje en el tiempo desde la época románica, gótica, el modernismo y la fantasía del arte. Tome fotos, selfies, vi suvenires carísimos que no compré por supuesto; aunque como hubiera querido comprarme aquel libro de fotografías de Alphonse Mucha que costaba 65 euros.

De regreso, baje por aquel camino de mil millones de gradas hasta las torres de no recuerdo el nombre, pero unas torres de ladrillos muy altas que me recordaban mucho a los paisajes arquitectónicos de alguna ciudad de Juego de Tronos, desde ahí comencé a caminar de nueva cuenta sin ningún rumbo en particular, tenía que gastarme el día como fuera y conocer más calles, ver más paisajes urbanos y mezclarme más con toda la gente para sentirme parte de ella, parte de una fantasía que en mi cabeza comenzaba a creerme; al menos por un día.

En una calle me detuve en una vitrina de una panadería donde estaban un sin fin de panes dulces, casi todos de crema y chocolate, cosa que no sé porque aquí son tan chocolateros y a todo le ponen azúcar y crema; pero también habían sándwiches, tostadas y otras cosas, me pedí una especie de pizza sobre una tostada que tenía salsa de tomates, albahaca, aceitunas y jamón, luego justo al lado había un súper pakistaní donde me compré un té helado; estaba listo para comer sobre una banca de una placita bajo la sombra de un montón de árboles, palomas en el piso y gente pasando. Toda una película europea de Almodóvar sobre un joven tímido de pueblo que va a la gran ciudad.

Lo demás es historia, caminar, ver, explorar, maravillarme, descubrir, oler, sentir, dejarme encantar.

Se llegó el momento de la vuelta a casa, el momento de envolverme en la fórmula matemática de caminar hacia abajo, buscar en el metro el cuadrito rojo con la L3, subirme a un metro abaratado de gente, bajarme, subir escaleras, marcar una tarjeta electrónica, buscar la otra estación del tren y dejarme descansar por un rato mientras llegaba a casa, a mi habitación y tirarme sobre a mi cama, mientras seguía despierto pensando en lo que había hecho ese día.

Barcelona fuiste un oasis de una semana en medio de esta aventura de este mes que me ha revuelto el corazón en mil pedazos; pero tú hiciste con esos pedazos rotos un corazón de mosaicos de colores. Mi corazón de Gaudí.



domingo, 11 de septiembre de 2016

Lady June del reino de Montornès del Vallès



Hace una semana venía sentado en este mismo tren que vengo ahora, solo que en la  dirección contraria; venía hacia norte, desde una estación que precisamente se llama Nord, buscando respuestas y que sé yo cuantas cosas más, quizá huyendo del golpe de miedo que me aturdió en el comienzo de todo esto, de un golpe de no saber donde estoy y que me pedía reencontrar de una vez por todas hacia donde quiero ir y donde quiero estar.

Llegué a una estación desconocida para mí, un lugar grande de donde lo único que pude hacer fue seguir a toda la ola de gente que bajaba del tren, mi mecanismo de defensa ante lo desconocido se activó y miraba hacia todos lados para ver si veía a mi amiga Leslie, quien me estaba rescatando de unos primeros casi 30 días de soledad en una ciudad que me parecía tan hermosa pero ajena a mí.

Por un momento me detuve a ordenarme la camisa, sacudirme los jeans color beige que traiga y revisar si estaba limpio, arreglarme un poco el cabello y verificar si olía decentemente para un reencuentro de una espera que había durado diez largos años, diez años separados por un océano, diez años separado por postales y cartas y uno que otro mensaje por Facebook.

Allí están, allí están dije dando un suspiro mental de tranquilidad, he volteado y he salido a abrazar a mi amiga de años, la misma con la que hacía camisetas de añil, un pigmento que hace más de un siglo era conocido como el oro de mi país. Detrás de ella veo asomarse una pequeña cabecita de cabellos oscuros que tapaban una carita de mejillas rosadas como un melocotón, era June, que me miraba con unos ojos del tamaño de dos huevos fritos, grandes y súper abiertos, -¡Es Fran, es Fran!- dijo con un grito que no era grito y con una voz de caricatura y entre la vergüenza que sentía la pequeña June y mi nerviosismo del reencuentro le pegué un abrazo destripador que duró varios minutos. Desde ese primer momento me enamoré de June, esa dulzura, el rostro angelical y su voz reconfortante me robó el corazón. Efecto que días después mis padres y hermanos sentirían cuando les mostraba fotografías de ella y la escuchan hablar cuando se colaba cuando platicaba con ellos por Skype.

Hicimos la rutina típica del viajero, preguntarnos -¿Ya has comido, tenés hambre, comemos por aquí en algún lugar?-, y eso hicimos, buscamos el típico McDonalds que siempre saca de apuros en estos momentos en que lo único que quieres ver es una cama para acostarte; la verdad es que soy muy malo para los viajes, lo acepto soy un loser para viajar. Entramos al abarrotado “Burger” como suelen llamarle aquí a todas las cadenas de hamburguesas y nos comimos una cajita feliz. La verdad no tenía hambre, estaba nervioso y emocionado a la vez, entre ver a mi amiga de aventuras de antaño, conocer a June y los sentimientos de no saber que hacia ahora en esta nueva ciudad luego de haber dejado otra y no saber hacia donde mi vida iba, me deje llevar por la magia de Ronald McDonald para  comer y platicar como estuvo el viaje, a chulear a la pequeña y a contarse cosas.

Lo demás lo expondré de manera rápida, salimos de la estación, nos montamos a otro tren que iba a un pueblo cercano a mi destino final y cogimos un autobús hasta Montornès del Vallès. Llegué a aquel edificio de varios pisos en una calle de una rotonda con una fuente de agua, que no tenía agua, subí, me presentaron mi habitación, la misma habitación donde escuché todos los días a los vecinos utilizar el extractor de jugos, vaya esa familia sí que le da con todo a los jugos; y abrí mi maleta, acomodé mis cosas muy ordenadamente, mi desorden compulsivo a mantener las cosas clasificadas pudo más que mi cansancio, y coloqué en un closet, mis camisas en sus respectivos ganchos, primero las manga larga, luego los suéters y los abrigos que quizá nunca utilice; ordené en un cajón mis calzoncillos todos doblados y clasificados según sus estilos, hice bolitas mis calcetines y los puse al fondo del cajón, doble mis camisetas negras y las apilé una a una; mis zapatos los coloqué justo abajo del closet en fila india, no sé para que traje tantos zapatos, en realidad, desde que vine aquí solo he usado 2 pares de ellos; cosas del viajero amateur seguramente.

En este “piso” que es como le dicen a los apartamento en este país, luego de mostrármelo me dictaron ordenes estrictas –“Puedes coger todo lo que quieras de la cocina, estás en tu casa- No puedo quejarme, realmente soy afortunado, siempre menciono que Dios me pone ángeles de la guarda en mi camino y es que en verdad lo creo así. Una vez más se me cruzaron en el camino y esta vez fueron dos.

Venir a este pueblo, que nada tiene de pueblo, porque, al menos como yo me lo imagina tipo el Sagrillas de Cuéntame, con una placita al centro, una iglesia y todas las paredes color siena y calles empedradas , pues no lo es; es bastante moderno y con muchos negocios y lugares donde surtirse de todo, todo. Me gustó mucho, es un lugar muy tranquilo donde poder caminar y hacer mucha pierna, porque hay subidas y bajadas por montones. Montornès me diste una sorpresa, entre tus montañas que me recordaban mi casa y los churros con chocolate, los primeros que probaba  en mi vida.

Así pasé una semana entera, saliendo del pueblo a Barcelona, en un ritual diario de subirse a un bus, cogerse un tren y a perderse en aquella gran ciudad donde mi mente comenzó a volar, estado atónico con el cual sigo, volando en un mundo de fantasía, colores, donde todo era nueva y donde siempre terminaba con los pies molidos de tanto caminar. Pero valió la pena, pase momentos muy especiales con mi amiga y June, con sus ya clásicas “tengo pís”, “quiero zumo”, “puedo coger una botellita” y “tengo una pupa en el dedo gordo” del pie de tamal de elote”, vaya que me sacaste muchas risas con solo escucharte. Eres un caso June, un caso desde tu forma tan glamorosa de salir siempre con tus vestiditos angelicales, tus mejillas rosaditas y los regaños de tu mamá por tocar todo lo que veías y terminar casi, casi como la “Tucíta”.

Ahora me voy de Montornès, con muchas respuestas en mi cabeza, esta fue una semana en la que aprendí aún más, me enamoré de Barcelona, seduje la cuidad yendo solo hasta allí y pasar un día entero en sus calles, viviendo en un piso donde compartí comida rica como un plato de lentejas que me hicieron casi llorar por recordar a las que hacía mi mamá en casa y que terminaron achicharradas al siguiente día en un intento fracaso de un recalentado.  Por cierto la olla la terminé lavando yo y aclaro que nos las quemé yo, solo para que sepan. Montornès te veo luego para despedirme de ti con todos tus churros y tus montañas casi, casi parecidas a las de Santa Tecla.

June me robaste el corazón; y ahora precisamente en mi corazón va guardado el mejor suvenir que me llevo de tu pueblo, el momento en que me preguntaste -¿Qué te sucede, estás triste porque extrañas a tu mamá?- y me acariciaste la mejilla.