Todos los que me conocen saben que no soy precisamente
un fan del chocolate, ¡sí eso mismo! quedense boca abiertos por tal aberración
gustativa; y es que no puede haber ser humano sobre la faz de la tierra que no
disfrute el placer de comerse un buen chocolate o todas las cosas que existen
hoy en día de este manjar que debemos agradacerle a las Américas.
Siempre he sido el tipo de hombre que le ha tenido
fobia a los brownies, quizá el único, no porque esté mal de la cabeza o algo así,
sino porque que soy ehhhh digamos… un poco intolerante a las cantidades
descomunales de azúcar, cosa que le agradezco a algunos padecimientos de salud
los cuales serán revelados en mi E! True Hollywood Story. Oficialmente acepto
ser defectuoso de fábrica y le tengo miedo a los brownies.
Muy pocas veces he comido brownies, para ser más exacto dos veces en mi
vida. La primera vez que probé un pedazo de este decadente postre, fue en un
café bistró que estaba en una esquina de una universidad, y digo “una tal cual”
porque no era donde yo estudiaba, en realidad no recuerdo que andaba haciendo
por esos lados con la novia que tenía en aquellos años; pero aquella tarde nos
auto invitamos a una tertulia de café, con agarradas de manos bajo la mesa y un
temido “Brownie à la
Mode”, una mezcla pretenciosa de un clásico norteamericano al estilo francés y
por si fuera poco con una bola de sorbete de vainilla por encima, digno de todo
un pseudo bistró universitario. De ese día no recuerdo mucho, pero los
flashbacks que me saltan en la memoria no son para nada gratos; y entre manos
temblorosas, dolor de panza y un especie de descomposición orgánica, ese día
caí tumbado sobre mi cama.
Ayer en mi trabajo, donde toda realidad se convierte
en un episodio surrealista, una de mis vecinas de cubículo se ha dispuesto a
ser toda una magnate de la repostería con su novio, vendiendo alfajores,
tartaletas, pasteles y los channn channn: temidos brownies. Influenciado por el
efecto de compra dominó, terminé tomando una bolsa de 4 brownies en presentación
de tentempiés, no lo niego estaban deliciosos, tanto así que me dejé seducir
por el sabor de dos de ellos y de un solo bocado. -Son tamaño petit- dije
negandome ante el inminente desastroso desenlace de toda esta historia, a los
pocos minutos sentí como corría por mi cuerpo un hormigueo nauseabundo y como
mis ojos veían de manera extraña el monitor de la computadora, -¡otra vez
nooooo!-, me repetía mientras mi estado físico se derrumbaba en picada. Al
final terminé regalando las otras dos porciones que me sobraron y esa noche
intentando todo remedio posible, como injerir chile en hojuelas y nachos
barbacoa, solo conseguí tener una noche fatal.
Dos días después, sigo sintiendo muy a lo lejos, los estragos de tal
bomba de azúcar en mi cuerpo. Definitivamente los brownies y yo somos los
perfectos archienemigos de película. Por supuesto yo soy el bueno.
PD: Brownie me las vas a pagar!
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